Desembre 9, 2021
Per Indymedia Barcelona
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Protesta contra el pasaporte sanitario. Un movimiento social.

La crisis sanitaria ha sido una oportunidad perfecta para que los dirigentes mundiales, ante las revueltas de la última década, se doten de más herramientas para controlar a las poblaciones. Hay que decir que, de momento, tras la emergencia antiterrorista, la emergencia sanitaria que representa la nueva cara de la política del miedo, ha tenido bastante éxito. Pero no hay tiempo para el desánimo: como nos lo recuerda el refrán latín Arx tarpeia Capitoli proxima, en cualquier momento el Paseo de Gracia y las lecheras de policía podrían volver a arder.

Ya en la primavera del 2020 se podía percibir la ira social que se fue en aumento a medida que disminuía el miedo al virus. Y ya estaba claro entonces que la falta de crítica a la gestión estatal de la pandemia convertiría la inevitable protesta en algo muy confuso, ambiguo y manipulable por la extrema derecha y los conspiranoicos. Por su parte, el movimiento izquierdista expresa desde el inicio una visión “virocéntrica”, es decir, centrada únicamente en el virus y el riesgo de contagio, diciendo muy poco sobre el hecho de que la gestión política de la pandemia es irracional, injusta, hipócrita e incluso criminal. En cuanto al entorno anarquista, muchxs compañerxs muestran una postura altiva, catalogan y etiquetan con facilidad, y se adhieren a la “paz social pandémica” del gobierno de Sánchez por miedo a decir “lo mismo que la derecha”, es decir, Isabel Díaz Ayuso y Santiago Abascal, que también critican los confinamientos y el pasaporte sanitario pero por razones oportunistas. Está claro que ahora las protestas también cuentan con basura semiótica e ideológica; también, pero no sólo, y esa es la cuestión.

En cada movilización de masas, siempre hemos escuchado de todo. Podríamos hablar de la lucha reciente de los Chalecos Amarillos en Francia donde el Rassemblement National de Le Pen y los diferentes grupúsculos de extrema derecha intentan hacerse un hueco, o bien de la movilización de la plaza de Tharir en Egipcia donde también se escucharon fantasías de conspiración antisemita. ¿Habría sido correcto liquidar estas luchas sobre la base de estas referencias? No, y no tiene sentido hacerlo para las luchas en curso, posteriores a la pandemia, que son contradictorias pero inevitables. Ante la protesta de la calle contra la vacunación forzosa y el pasaporte sanitario – en realidad contra toda la gestión de la pandemia por parte del gobierno central y de los gobiernos autonómicos – la voz cantante neoliberal recurrió inmediatamente a la estrategia del desprecio al reducir las protestas a un movimiento de extrema derecha. Los izquierdistas y los anarquistas adoptaron inmediatamente la misma cantinela. Básicamente, es parte de la tradición: se trata de la operación retórica que consiste en comparar potencialmente cualquier cosa con el fascismo y a cualquier oponente con los fachas. Sin embargo, en esta fase post-pandémica, la reducción ad fascismus hace un favor a los neofascistas al exagerar su papel. En realidad, en muchas de las manifestaciones contra la vacuna forzosa y el pasaporte sanitario, los fascistas están ausentes o son insignificantes. Por lo demás, este movimiento es salvaje, desafía todos los parámetros interpretativos y ninguna fuerza política tiene un verdadero control sobre él.

Seguramente no nos sorprende que en estas manifestaciones haya gritos contra “la izquierda”. Ahora, en la mente de mucha gente, “la izquierda” es el PSOE y Podemos, es decir, respectivamente un partido neoliberal y otro de gestión de la paz social, en los que las masas populares reconocen, con razón, a un enemigo. La base social de estos partidos la constituye una pequeña burguesía pretenciosa e hipócrita que ostenta su condición de “intelectual” decadente y una identidad de “izquierda” cada vez más progresista y moderada, pero que en la realidad concreta es repulsivamente elitista y entusiasta del clasismo en cada una de sus manifestaciones, y reivindica más tecnocracia y desigualdad, a las que llama “meritocracia” e “innovación”.

En definitiva, no hay que ser fascista para odiar a esta “izquierda”. Y ciertamente no podemos culpar a los que no ven otra cosa, porque venimos de largos años de movimientos sociales de baja intensidad, por no hablar de que gran parte de la izquierda que se autodenomina “radical” comparte muchos de los defectos de la “izquierda” dominante: la procedencia de la pequeña burguesía, el elitismo, la arrogancia cultural, el alejamiento de los problemas de la vida de la mayoría de la gente…

Tampoco tiene mucho sentido disertar filosóficamente sobre el supuesto abuso del término “libertad” en estas protestas. Las acusaciones de “liberalismo”, “anarcocapitalismo” e “ideología libertaria” que algunos intelectuales lanzan a las concentraciones, así como la comparación con Trump y Bolsonaro, no vienen al caso porque la mayoría de las veces, estas manifestaciones no son sólo por la “libertad” sino también por protestar contra su propia proletarización. Una parte de las clases medias precarizadas, empobrecidas y atemorizadas – gente que no domina los lenguajes de la lucha social y que no es heredera de ninguna tradición política con vocabularios consolidados – traduce en términos de “libertad” la rabia contra su propia degradación social reciente o inminente, y contra la injusticia que creen haber sufrido por la forma en que se ha manejado la epidemia.

Sobre todo, es importante decir que esta forma de gestionar la pandemia ha atacado la dimensión colectiva, la sociabilidad, las relaciones entre las personas… En este contexto, “libertad” significa también la libertad de poder vivir colectivamente, de poder afirmar el desacuerdo juntos, de poder manifestarse. Limitarse a decir que todo esto es “cosa de fascistas” es cuanto menos una muestra de estupidez ideológica.

En su prisa por distanciarse de la calle, la izquierda de las redes sociales ha mostrado su desprecio por las libertades personales, consideradas “burguesas”. Tampoco en este caso hay nada nuevo: existe la tradición izquierdista de hablar de las libertades con suficiencia e incluso con desprecio. Al final de este camino, está el gulag. Hay que tener cuidado a la hora de elegir los términos a los que queremos atribuir connotaciones peyorativas. Porque una cosa es el individualismo y el egoísmo neoliberal, y otra muy distinta es el ámbito de autonomía que todo ser humano debería poder disfrutar, el habeas corpus existencial sin el cual la vida no es vida. Sin esta distinción, se comete una terrible confusión y se acaba abrazando el autoritarismo.

La extensión de la obligación del pasaporte sanitario al ocio nocturno, la restauración, los gimnasios y las residencias, y pronto a todos los espacios públicos y de trabajo, está creando un número creciente de incoherencias y contradicciones, y cada vez está más claro que el pasaporte sanitario es una forma de descargar la responsabilidad sobre el grueso de la población mientras el Estado –legitimado sobre todo por la “guerra contra el virus”– hace una verdadera carnicería social. Mientras seguimos mirando el virus, el gobierno y los patrones nos están masacrando. La toma de conciencia de ello está haciendo que partes de la sociedad estallen en un auténtico movimiento social que sólo los prejuicios ideológicos impiden percibir. Es una ola que desafía la descripción y la predicción, pero es un verdadero despertar del cuerpo social tras dos años de coma.

En Europa, y no sólo en Europa, los levantamientos del futuro serán siempre más heterogéneos y sorprendentes, al menos en sus primeras etapas. Ya se entendía en 2018, observando el levantamiento de los Chalecos Amarillos en Francia, y lo será cada vez más a medida que el capital, en una aceleración vertiginosa de su imposición a nuestra realidad, devore más y más existencias, precarizando incluso la vida de capas sociales que antes tenían una situación garantizada. Estos levantamientos comenzarán con mucha confusión porque las personas que los protagonizarán no tendrán el bagaje de partida que nos gustaría que tuvieran: la memoria de las luchas obreras y los movimientos sociales, una conciencia de clase, una tradición familiar de conflicto social, etc. Pero, paradójicamente, esta ausencia de memoria también les exime de seguir patrones preconstituidos.

Los actores de las próximas oleadas de luchas serán bi-polares en su mayoría, es decir, proletarios y precarios en la nueva condición en la que viven, y burgueses en una mentalidad subsistente. En un primer momento, precisamente bajo el choque de la desclasificación, tratarán de cultivar todavía los valores de la pequeña burguesía de antes, vestigios de su estatus anterior.

Tenemos que dirigirnos a los bi-polares hablando a esa parte de su mente que tienen en común con nosotros. Así que habrá que “hablar” de su experiencia de las nuevas condiciones materiales, de lo que viven concretamente, de su rabia contra el sistema. Si no lo hacemos nosotros, lo harán los fascistas y otros reaccionarios, que se dirigirán a la otra parte de su mente, la de la nostalgia rencorosa de sus privilegios blancos y burgueses.

Las movilizaciones y situaciones de este tipo requieren un mayor esfuerzo de interpretación, imaginación política y paciencia. Sólo con paciencia, y renunciando a la tendencia a categorizar inmediatamente lo que ocurre, podemos esperar generar síntesis provechosas. La precipitación en los juicios, típica de las redes sociales, es, sin duda, nuestro enemigo.




Autor font: Barcelona.indymedia.org