Novembre 27, 2020
Per Ràdio Klara
312 vistes


Félix García Moriyón

Tras una reflexión general sobre la idea de colapso en la actualidad, Carlos Taibo ofrece un concepto que parece englobar las notas que se incluyen en tal concepto:

“un golpe muy fuerte que trastoca muchas relaciones, la irreversibilidad del proceso consiguiente,  profundas alteraciones en lo que se refiere a la satisfacción de las necesidades básicas, reducciones significativas en el tamaño de la población humana, una general pérdida de complejidad en todos los ámbitos, acompañada de una creciente fragmentación y de un retroceso de los flujos centralizadores, la desaparición de las instituciones previamente existentes y, en fin, la quiebra de las ideologías legitimadoras, y de muchos de los mecanismos de comunicación, del orden antecesor.” (Posición 428)[1]

Si bien es el tema del colapso el que nos ocupa ahora, pues es el que da el título al libro que comento, las reflexiones de Carlos Taibo sobre el tema están precedidas por una reflexión sobre el decrecimiento: sostiene una profunda interrelación de oposición dialéctica entre el colapso y el decrecimiento: el crecimiento lleva al colapso; el decrecimiento es necesario para parar el colapso.

En 2009 publicó un breve texto, «Doce preguntas sobre el decrecimiento»(Libre Pensamiento, n. 69) y desde entonces aparecen más de una docena de publicaciones (sobre todo artículos y capítulos de libros) que terminan en un pequeño libro, La parábola del pescador mexicano: sobre trabajo, necesidades, decrecimiento y felicidad (Catarata, 2016) y el libro En defensa del decrecimiento: sobre capitalismo, crisis y barbarie; ¿Por qué el decrecimiento?: un ensayo sobre la antesala del colapso (2016). En 2014 ya había publicado ¿Por qué el decrecimiento?: un ensayo sobre la antesala del colapso (Los libros del Lince) y en el mismo año otro libro Colapso: capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo (Catarata, 2010). Es esta la edición que yo estoy reseñando, pero he cotejado también su cuarta edición de 2020.

 Pues bien, queda claro que es un tema que ha ocupado su atención y sobre el que está muy bien informado. No cabe duda de que, además, tiene una amplia acogida entre un determinado sector del público. Son dos hechos positivos que animan a leer el libro, sobre todo este último en su cuarta edición. Nada más empezar la lectura, en un espléndido capítulo sobre el concepto de «colapso», se percibe tanto la claridad expositiva como la sólida fundamentación de lo que expone.

En esta obra suscribe, con datos y argumentos, algunas tesis que son lugares comunes en un sector amplio de los movimientos sociales. El primero es que estamos en el antropoceno: el ser humano está provocado una alteración de enorme trascendencia en el planeta Tierra que puede llegar a provocar una nueva gran extinción, próxima a las que ya sucedieron con anterioridad, pero mucho más rápida, solo 100 años, aunque no tan rápida como la del gran meteorito que devastó la Tierra hace 65 millones de años en solo treinta días. Otro autor, Jason W. Moore, es algo más preciso y lo llama Capitaloceno[2], pues es el capitalismo el que está provocando esta situación que, en su caso, nos conduce al apocalipsis, no al colapso. Moore, en realidad, está criticando una visión excesivamente reduccionista de este período que, asumida acríticamente, sin tener en cuenta las etapas anteriores y desvelar con mayor precisión el sentido de la actual crisis. No deja de tener un sesgo antropocéntrico dar un nombre geológico a un periodo de la historia humana.

La segunda tesis afirma que el colapso es ya prácticamente inevitable y solo nos queda gestionarlo lo mejor posible. Obviamente, deja claro Carlos Taibo, no es el fin del planeta, sino del planeta tal y como lo conocemos. Un final que tendrá consecuencias devastadoras para la especie humana que verá reducida drásticamente su población y pasará a una difícil situación, que queda bien reflejada en este párrafo de un libro que cita Taibo al hablar de la necesaria ruralización que deberá producirse:

La lucha que ahora se perfila en el horizonte, es la de masas ingentes urbanas, en busca desesperada de medios de subsistencia que es dudoso que vayan a encontrar en ningún sitio. Será una lucha por la supervivencia en una selva que no tendrá árboles, una lucha por lo imposible. Y este escrito solo es un pequeño apunte para los que primero intuyeron que esto se iba a dar, más pronto que tarde[3] (Prieto, pp. 39-40)

Está claro: la Tierra no puede soportar una población de 7.500 millones de seres humanos, mucho menos, con los niveles de consumo actuales. A lo sumo, en la Tierra caben unos mil millones de personas, quizá quinientos más. Dado que no hemos frenado el crecimiento demográfico, aunque sí se está empezando a ralentizarse en las dos últimas décadas[4], y que no parece que sea posible revertirlo, las propias limitaciones del planeta provocarán sin duda esa drástica reducción, o cuasi extinción pues puede afectar a cerca del 80% de los seres humanos. El panorama que pinta no es desde luego esperanzador y eso puede dar pábulo a quienes denuncian que ese reiterado discurso catastrofista, que va calando entre la población, es una de las causas del incremento de la angustia, sobre todo porque cada vez hay menos negacionistas.

Ahora bien, Carlos no se queda en ese pesimismo y señala con nitidez que esta dura crisis puede dar paso a algo positivo:

“no todas las consecuencias que se atribuyen al colapso son negativas. Basta con mencionar, a título de ejemplo, que este último se suele traducir en una quiebra de impresentables y tradicionales jerarquías, y que permite al tiempo un proceso de descentralización del poder que parece legítimo describir como saludable.” (Posición 594)

Puede ser algo todavía más importante: es una oportunidad de descubrir el valor de propuestas organizativas y modelos sociales, políticos y económicos completamente diferentes a los actuales. Parece estar claro que el capitalismo en general y, sobre todo, su etapa neoliberal, son el núcleo del problema, pues sigue embarcado en una huida adelante de más crecimiento. Es un capitalismo terminal, y hace falta un cambio radical de ese modelo de relaciones sociales de producción tan negativo. Carlos Taibo, reformulando el clásico «socialismo o barbarie», considera que es la ocasión para poner en práctica y hacer avanzar enfoques anarquistas de organizar la sociedad, la política y la economía: una transición ecosocial.

Algo similar dice Srećko Horvat, quien habla del Apocalpisis en lugar del Colapso, y lo relaciona con el pensamiento escatológico en el que se habla de la aparición de algo nuevo: «la alternativa ya no es el socialismo o la barbarie, nuestra única opción hoy en día es una reinvención radical del mundo o la extinción masiva. Después del Apocalipsis es una llamada urgente no sólo para llorar hoy los muertos de mañana, sino para luchar por nuestro futuro mientras podamos» es la frase con la que la editorial presenta el libro de Hovart[5].

Todo lo anterior puede ayudar a entender por qué la propuesta de Carlos Taibo tiene tanta aceptación en algunos ámbitos de la intervención social: hace un alegato a favor del anarquismo, bien argumentado. Han llegado a ser libros de cabecera de la izquierda más radical, con unas tesis claras y contundentes y unas propuestas sugerentes, pero menos detalladas. No obstante, considero que hay algunos aspectos muy importantes que pueden ser puestos en duda, lo que nos llevaría revisar algunos análisis y algunas propuestas, asumiendo con matices lo que propone. Muy sucintamente los enumero, sin ánimo de fundamentarlos argumentativamente, algo que ya he hecho en otros textos.

Es necesario revisar más a fondo la relación entre colapso y crecimiento, en especial entendido este como crecimiento económico típico del neoliberalismo: subida de la bolsa e incremento el producto interior bruto. La relación entre capitalismo y crecimiento es una relación en gran parte de causalidad circular y no es fácil saber si el crecimiento de la población, exponencial desde principios del XIX, es una consecuencia del capitalismo o al revés, el capitalismo es la «mejor» respuesta encontrada para satisfacer las necesidades de una humanidad en crecimiento exponencial. Los datos hasta el momento más bien avalan los positivos resultados del modelo[6]. De hecho, el núcleo de las críticas al capitalismo realizadas por las diferentes ramas del socialismo clásico nada tienen que ver con el crecimiento sino con la dura explotación y opresión encaminadas a apropiarse de la plusvalía generada, crítica que sigue teniendo plena validez.

No obstante, está claro que está ahora mismo afrontando una situación de agotamiento sistémica. Fácticamente, sigue fuerte un concepto estrecho de crecimiento, pero no se trata de un dilema con solo dos salidas, la transición eco-social o el eco-fascismo. Hay otras propuestas, como la del crecimiento sostenible[7] o un modo realmente alternativo de entender el crecimiento, pues sigue habiendo grandes capas de la población que necesitan ese crecimiento para poder satisfacer las necesidades básicas[8]. Eso va unido a que ahora mismo el crecimiento de la población es en sí mismo un problema de difícil solución, como lo es el agotamiento de los recursos que ese crecimiento está provocando.

Resulta muy poco atractivo poner el decrecimiento como palabra clave para movilizar a las personas a favor un profundo cambio social. Por eso no extraña que el propio Taibo tenga que escribir pequeños libros explicativos para que la gente entienda de qué está hablando. Cuando en un país como España, un 20% de la población vive bajo los umbrales de la pobreza, lo que necesita ver cómo crece la satisfacción de sus necesidades básicas, y el margen del crecimiento es mucho, sobre todo a través de lucha contra la desigualdad. Cientos de millones de personas que han salido de la pobreza en China y en otros países gracias a la aceptación de una versión peculiar del capitalismo, están más bien agradecidos a ese crecimiento.

Eso sí, siguiendo con la afortunada distinción de Max Neef, queremos que crezca la satisfacción de esas necesidades básicas para toda la población, mejorando la posición en el Índice de Desarrollo Humano actual, alejado ya del crecimiento del PIB, o saliendo de la pobreza multidimensional, como ahora se está midiendo. Cierto que eso implica revisar tanto lo que entendemos por una vida buena como los satisfactores de esas necesidades. Y ninguna duda cabe de los efectos medioambientales devastadores que tiene ese afán de crecimiento sin trabas.

La segunda tesis discutible es la afirmación de que, como bien reconoce Taibo, no sólo hay que parar el crecimiento del PIB, articulado en torno a la idea de incremento del PIB y de los  beneficios monetarios (sin eufemismos, el ánimo de lucro codicioso), sino que es imprescindible parar el crecimiento de la población, retomando indirectamente los planteamientos maltusianos que nacieron casi al mismo tiempo que el capitalismo (el libro de Malthus es de 1798) y que tuvieron en torno a 1900 un segundo renacimiento (Liga de la Regeneración Humana) para volver a aparecer justo cuando despierta la conciencia de los límites del crecimiento (Ehrling, 1968, Club de Roma 1972). Como ya he dicho, Taibo señala que, en la Tierra, con un modelo de organización social y económica justo y sostenible, no caben más de 1.500 millones de personas. Las indiscutibles mejoras actuales son un gigante con los pies de barro, por eso prevé, no sin cierto pesimismo, que esa reducción se producirá drásticamente, y con mucho sufrimiento, por la propia insuficiencia del sistema del capitalismo neoliberal. No es en absoluto un escenario deseable, pero es inevitable. Ahora bien, si no se produjera esa hecatombe demográfica, ¿habría que planificar una reducción rigurosa de la disminución de la población? ¿Esterilizaciones impuestas? ¿Reducción planificada de la esperanza de vida? Sin embargo, creo que la única idea reguladora que debe guiarnos es conseguir que todas las personas en todo el mundo alcancen condiciones de vida dignas y plenificantes. No me extraña que Taibo use la palabra colapso, que piense que ya es casi inevitable y que lo considere una tragedia.

Prefiero volver a propuestas positivas que también recoge Carlos Taibo: lo que está claro es que, desde una perspectiva anarquista, es necesario poner en práctica ya modos organización radicalmente distintos (prefiguración, propaganda por el hecho…) y al mismo tiempo articular formas de lucha y resistencia que obliguen a que la economía y la política cambien de manera radical (Carlos menciona «espacios autónomos, autogestionados, desmercantilzados y, ojalá, despatriarcalizados», supongo que pensando en zapatistas y kurdos de Rojava). Ahora bien, debemos admitir que las propuestas anarquistas solo las comparte una exigua parte de la humanidad y que tienen pocas posibilidades de cuajar, aunque pueden sin duda influir.

Damos por supuesto que otra exigua minoría, las élites extractivas, máximas beneficiarias del actual sistema pueden proteger su modelo, controlando, con el uso de la violencia, a quienes queden excluidos de ese reparto de la riqueza (Taibo lo llama salida ecofascista). Y están dando pasos en ese sentido. Incluso las grandes petroleras ya tienen más beneficios con las energías renovables que con las energías fósiles.

Somos conscientes igualmente de que son muchas y muy diversas las propuestas que buscan salidas a la crisis que no pasan por ninguna de las dos opciones anteriores: ni decrecimiento ni crecimiento constante de la tasa de beneficio. Tampoco es válido del dilema drástico entre “transición ecosocial” o “ecofascismo”. Hay muchas más propuestas. Algunas son globales: un nuevo pacto verde[9] o una Agenda 2030 para el desarrollo sostenible de las Naciones Unidas[10]. Otras muchas iniciativas se vuelcan sin desmayo en buscar soluciones concretas a problemas parciales, desde proporcionar energía con sistemas alternativos, hasta mejorar la agricultura y la ganadería para adaptarse a las modificaciones significativas de los ecosistemas y seguir garantizando alimentos para todas las personas.

Retomo la propuesta apocalíptica de Horvat: no es fácil predecir el futuro, pues siempre puede sorprendernos, sobre todo cuando hablamos de sistemas complejos y caóticos como es la Tierra y mucho más todavía la humanidad. Lo que sí sabemos es hace falta, aquí y ahora, abordar la actual y las venideras crisis globales y locales guiados por principios fundamentales de dignidad incuestionable de todas las personas y proponiendo alternativas inclusivas que garanticen el mayor bienestar posible al mayor número de personas posible, mejor a todas.  El libro de Carlos Taibo ofrece algunas ideas importantes.


[1] Taibo, Carlos (2018) Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo. Buenos Aires. Libros de Amarres. Menciono las posición en la edición Kindle

[2] Moore, J.W. (2017): The Capitalocene, Part I: on the nature and origins of our ecological crisis, The Journal of Peasant Studies

[3] Prieto, P. (2004). El libro de la Selva

[4] ONU (2019) Una población en crecimiento

[5] Horvat, S. (2020) After the Apocalypse. Publicación en Abril 2021

[6] Rubio Hancock, J. (2018)   Los gráficos que muestran el avance espectacular de la humanidad en los últimos dos siglos El País. Verne. 25/07/2018

[7] Whal, D. C. (2017). Making Sustanaible Development Goals work for local communities everywhere. Noteworthy. The Journal blog

[8] Rivero Cuadrado, M. Quemar los Objetivos de Desarrollo Sostenible para abonar una nueva agenda común global El Salto. 21/11/2018

[9] Martínez Moreno, R. y López, I. (2020) ¿El nuevo Pacto Verde o el Viejo Bulo Europeo?. CTXT, 27/05/2020

[10] International Science Council. 2020. Conversations on Rethinking Human Development, International Science Council, Paris




Autor font: Radioklara.org