Maig 1, 2022
Per Ràdio Klara
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La Veranda de Rafa Rius

“La estupidez militar y la inmensidad del océano son las dos únicas cosas que pueden dar una idea del infinito”

(De un diario encontrado en las trincheras de la 1ª Guerra Mundial)

Desde que los grupos humanos del paleolítico se peleaban a pedradas y bastonazos hasta los misiles nucleares transcontinentales de ahora mismo, el mundo nunca se ha visto libre de la violencia institucionalizada representada por el estamento militar, hasta el punto de que ya en las primeras sociedades organizadas, el primer gremio que se constituyó -junto al de los sacerdotes, guardianes con ánimo de lucro del buen orden espiritual- fue el de los militares de profesión, muñidores de ejércitos destinados a la masacre y la escabechina, con el pretexto de conservar un territorio o conquistar otro nuevo.

Desde que el mundo es mundo, los militares son de los pocos asesinos con licencia para matar e incluso contando con la bendición papal o popal. Y no hablamos de los soldados rasos que por un mal entendido sentido de la violencia debida, disparan contra quienes no conocen y nada les han hecho –que también- sino de sus mandos, esos militares de carrera que han hecho de la muerte del prójimo su oficio.

La inmensa mayoría se escudan tras sus símbolos sagrados: Dios, Patria, Himnos, Banderas… otros, además, pretenden dotar a sus crímenes de una lógica y una base científica y así, calculan tácticas y estrategias, algoritmos de ataque y defensa, movimientos de tropas, trayectorias balísticas… para intentar hacernos creer que su vocación por la masacre tiene una base científica.

Pues bien, frente a la lógica comúnmente aceptada de las guerras inevitables, una lógica que se apoya en la coartada de la Historia, una Historia en la que, es cierto,  no ha habido ningún lugar ni ningún tiempo, libre del estigma de la guerra, cabría recordar la lógica inscrita en los muros de París en Mayo del 68: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”. 

Cuando ante cualquier conflicto los medios de desinformación y manipulación nos invitan a posicionarnos en uno u otro lado de las trincheras cual si de una simplona película de buenos y malos se tratara y en función de los intereses coyunturales de sus propietarios, no queda otra opción desde un punto de vista ético que posicionarse nítidamente fuera de cualquier lógica militar: ni con unos ni con otros sino denunciando en todo momento el sinsentido de la guerra.

Así que ni con Putin ni con Zelensky. Ni con el imperialismo descerebrado y psicopatológico que intenta reconstruir el territorio mítico y espurio de la Gran Madre Rusia ni con un ejército al que no le importa utilizar batallones neonazis en sus combates y sacrificar a su población civil. Y ello, antes que por cualquier otra razón, por una muy simple: ya sea en Ucrania, Somalia, Etiopía, Palestina, Yemen, el Sahel o cualquier otra de las decenas de guerras que en todo momento están abiertas en el mundo, los perdedores son siempre los mismos, los desheredados que los sufren y que no tienen ningún interés personal en los conflictos, mientras que  por otra parte, en una guerra, nunca existen ganadores: al final, todos los implicados pierden.

Entretanto, al fondo del escenario, atentos a la masacre, los fabricantes de armas se frotan las manos…




Autor font: Radioklara.org