Març 6, 2022
Per Ràdio Klara
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El Vaivén de Rafael Cid

<<Desde que el pasado dejó de alumbrar el futuro con su luz, la mente del hombre yerra en la oscuridad>>

(Alexis de Tocqueville).

<<La libertad de cada uno es responsabilidad de todos>>

(Nestor Makno).

Rafael Cid

El pasado 22 de enero en la web de RyN publiqué un artículo con el título <<Lebensraum: de Hitler a Putin>> que decía así:

Técnicamente lo que plantea Vladimir Putin es un viejo conocido. Se llama Lebensraum, el término germanófilo con que se acuñó la teoría imperialista del <<espacio vital>>. O sea, la ampliación de las fronteras de un país por la fuerza acosta de la soberanía y la territorialidad de su vecino adosado. Eso en resumidas cuentas, y sin adornos ideológicos, es la fórmula utilizada por el presidente ruso para exigir que su vecina Ucrania cambie de estatus a uno más grato a los intereses del Kremlin. Lo que significa revertir lo acordado en 1994 en el Memorándum de Budapest, tratado por el que aquella URSS en retirada admitía la independencia de Ucrania a cambio de que Kiev retornara a Moscú su arsenal nuclear. Cesión que se vio facilitada por el rechazo antinuclear que produjo el accidente en la central Vladimir Illích Lenin de Chernóbil en abril de 1986.

Lo firmado en aquel momento suponía que la ex república soviética entregaba a Rusia un arsenal de 5.000 cabezas nucleares y 220 plataformas lanzadoras, junto a 176 misiles balísticos intercontinentales y 44 aviones bombarderos con capacidad nuclear. La contraparte del acuerdo, que fue refrendado por los gobiernos de Estados Unidos y Reino Unido y posteriormente secundado por China y Francia, garantizaba a futuros la soberanía y la integridad territorial de Ucrania. De ahí que las actuales exigencias de Putin tendentes a “satelizar” a Ucrania representen de facto una ruptura unilateral y flagrante de aquel pacto. Además, la amenaza de intervención se produce después de que en 2014 Moscú apoyara la rebelión secesionista de la región del Dombás, se anexionara ilegalmente Crimea y que un misil ruso Buck, disparado desde las posiciones de las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk, abatiera un avión comercial MH17 que hacía la ruta Ámsterdam Kuala Lumpur con 298 personas a bordo.

La nueva doctrina de seguridad que exhibe la diplomacia rusa es una reedición de la que en los años treinta del siglo pasado utilizó la Alemania nazi para crear un cordón sanitario allende sus dominios reconocidos. Para cual necesitó burlar las condiciones impuestas en el Tratado de Versalles como reparación por la responsabilidad germana en la ruptura de hostilidades que llevó a la Primera Guerra Mundial. La capitulación, considerada humillante por Berlín, incluía la estricta limitación de su potencial militar, aparte de distintas y dolorosas cesiones territoriales. Todo eso fue concienzudamente violado cuando Hitler alcanzó el poder y procedió al rearme de Renania en 1936, seguido dos años más tarde de la anexión de Austria (Anschauss) y Los Sudetes. La escalada del III Reich (el envío de efectivos y material bélico para apoyar a Franco en la guerra civil sirvió como campo de operaciones para su ejército en el exterior) se consumó sin que las democracias occidentales armaran un frente común de oposición a la avalancha nazi. En la Conferencia de Munich, celebrada el 30 de septiembre de 1938 bajo el liderazgo de Gran Bretaña, las potencias europeas se decantaron por aplicar la vía diplomática de <<esperar y ver>>. Aquella <<política de apaciguamiento>> terminó siendo un factor determinante para que el fortalecido régimen nazi planificara la Segunda Guerra Mundial. La unidad de destino del Lebensraum nazi-soviético se evidenció en el pacto secreto entre Hitler y Stalin que dio origen a la conflagración, con la invasión de Polonia por ambos ejércitos en septiembre de 1939 y la sucesiva ocupación mancomunada de los países bálticos hasta junio de 1941.

Ciertamente, la historia ni se detiene si tropieza. Ni la Rusia de Putin es la Alemania de Hitler, ni el contexto epocal es equivalente. Pero la experiencia pasada siempre deja huella si la desmemoria no confunde el entendimiento. Cuando Putin acaricia la idea de reunificar <<la Gran Rusia>> (el sueño euroasiático que predica su ideólogo favorito Alexandr Duguin) para superar la desintegración de la URSS (calificada por dirigente ruso como <<la mayor catástrofe geopolítica del siglo>>), nos situamos en la misma longitud de onda de la Lebensraum con que Hitler abanderó su proyecto para la Gran Alemania. Con algunos inquietantes hechos diferenciales. Si aún está por ver si de nuevo se impone la política de apaciguamiento sobre la base de la disparidad intereses de los países inmersos en el área de influencia del conflicto, ahora Putin tiene a su favor nuevas armas de disuasión masiva: la capacidad de desinformación de su impresionante arsenal mediático de última generación; la existencia de una quinta columna ideológica nostálgica del capitalismo de Estado soviético que da la espalda a la realidad de una Rusia volcada al neoliberalismo salvaje; y en muy importante medida la operatividad de los poderoso lobbies transversales prorrusos que manejan ingentes recursos estratégicos, donde el gas es la estrella. La petrolera Rosneft, controlada por el Estado ruso, fichó como presidente de su consejo de administración al ex canciller y antiguo secretario general del partido socialdemócrata alemán SPD Gerhard Schöder, en septiembre de 2017, cuatro después de la anexión de Crimea por Putin. Ya en 2005 el Kremlin le había puesto al frente de la Junta de accionistas de Nord Stream AG, consorcio para la construcción y operación del decisivo gasoducto Nord Stream, que tiene la llave del apagón energético a Europa.

Hasta aquí la autocita. Un mes después, el 24 de febrero se cumplía el aciago pronóstico: la Rusia de Putin, segunda superpotencia nuclear del mundo, invadía por tierra, mar y aire a Ucrania. Era la crónica de una agresión anunciada y denunciada. También la del negacionismo del Kremlin y todos sus compinches que se mofaban de la clarividencia de los aguafiestas. El presidente semivitalicio de Rusia, antiguo coronel de la siniestra KGB, <<justificaba>> la ocupación armada para expulsar a <<la camarilla de drogadictos y neonazis>> que gobierna el país. <<Armas de destrucción masiva>> que, conociendo la idiosincrasia del nuevo Zar frente a los disidentes, bien podría incluir a <<homosexuales, lesbianas y demás ralea>>. Mentalidad tridentina que en nuestros pagos recuerda al anatema <<chorizos, macarras y anarquistas>> con que se despachara un iluminado ministro del Interior.

Lo chusco es que aquí y ahora, para las pulidas familias que integran (en lo militar la izquierda estatista, la proclama de Putin iba a misa. Ucrania era un nido de fascistas que el presidente ruso había tomado la responsabilidad histórica de eliminar de cuajo. Y dicho y hecho, de sus cuarteles de invierno no salió una protesta contra la intervención del matón moscovita, ni cartas de abajofirmantes denunciando el bárbaro atropello. Como si las bombas, los misiles y los tanques fueran solo un atrezo de feria, y en sintonía con lo que predica Vox, convocaron concentraciones con el eslogan de ¡No a la Guerra! ¡No a la OTAN! O sea, bendiciendo la misma <<política de apaciguamiento>> que permitió en los años treinta del siglo pasado a Adolfo Hitler anexionarse Austria y los Sudestes ante la indiferencia de las sedicentes democracias. Tolerancia y comprensión con el verdugo mientras se somete y deshumaniza a la víctima que serviría al jerarca nazi (acrónimo de Partido Obrero Nacional Socialista) para desencadenar la Segunda Guerra Mundial. Conflagración iniciada en 1939 en un estrecho mano a mano con la URSS de la revolución pendiente. En esa criminal alianza permanecieron durante dos años Hitler y Stalin, hasta que en 1941 el socio germano se volvió contra su camarada de fechorías, tras haber devastado media Europa. En ese contexto histórico calificar de <<nazi>> al vecino es como mentar en diferido la soga en casa del ahorcado. Pero sus afines de la gauche populista lo tienen claro: los verdaderos agresores están entre los cadáveres ucranianos. La matanza, según su relato omnívoro, se ha hecho por nuestro propio bien. Una novísima manera de recrear el Gulag del pensamiento único que deja a Orwell en pañales. Flamantes heraldos de la banalidad del mal: los mismos que durante la guerra fría tildaban de <<socialfascista>> a la oposición socialdemocráta.

Putin es un postcomunista entreverado, a medio camino del chequista curtido en la Alemania del Este (la cuna y bastión de los ultras de Alternativa Alemana) y del autócrata del imperio de las fake news y la desinformación, aunque su alma sigue estando con aquel totalitarismo de Estado que capotó. De ahí el carácter híbrido de su puesta en escena, combinando mentiras y bulos (cuatro días antes del ataque había prometido que el día 20 los tropas regresarían a sus bases); la amenaza mafiosa (durante los ejercicios militares alertó sobre la capacidad nuclear del arsenal desplegado) y las cortinas de humo de la diplomacia pacifista. Vieja conocida, esta última, en los anales de la <<disuasión soviética>> a través de la movilización de masas biempensantes; el vetusto agriprop picassiano. Fernando Claudín, uno de los mayores teóricos del marxismo español y antiguo miembro del Comité Ejecutivo del PCE, denuncio largo y tendido la impostura de esos <<combatientes por la paz>> como gran aportación de la URSS para lidiar la política de confrontación. <<El movimiento por la paz, ya lo hemos dicho, no era más que una presentación camaleónica del propio movimiento comunista y sus filiales>> (La crisis del movimiento comunista. Ruedo Ibérico, 1077. Pág.530).

Lo que ahora se ofrece a Ucrania es la paz de los cementerios, simplificando y mixtificando su historia. Resulta evidente que allí actúan grupos neonazis, pero hay que purgar el grano de la paga. En la duma de Kiev la extrema derecha carece de representación, lo que no quiere decir que en el frente (es un país en guerra desde que en 2014 Putin se quedara con Crimea) no haya formaciones de esa ideología. En España, la extrema derecha es la tercera fuerza parlamentaria y a nadie osaría decir que somos fascistas. Ucrania tuvo muchos ciclos históricos y es un crisol de culturas que se condensa en un sincretismo lingüístico. Rusoparlantes y ucranioparlantes comparten un territorio milenario devenido en Estado soberano en 1989, de común acuerdo con su <<antigua metrópoli>>. Hubo colaboracionismo con el ejército nazi (como en Vichy), pero vino tras un profundo resentimiento con el poder soviético, responsable de someter a los ucranianos a un genocidio por hambre. El Holodomor, bien reflejado en la película Mr. Jones, que entre 1932 y 1933 causó varios millones de muertos tras requisar Stalin todas las cosechas. Pero antes incluso hubo movimientos emancipadores, como el del anarquista Nestor Machno, que se enfrentó al ejército blanco y a los bolcheviques, en defensa del campesinado expoliado. Como bien recuerda el historiador Timothy Snyder <<hasta 1939, la mayoría de los crímenes en masa realizados en Europa, fueron en realidad realizados por estalinistas en la Unión Soviética>>.

(Nota. Este artículo se ha publicado en el número de Marzo de Rojo y Negro)




Autor font: Radioklara.org