Maig 2, 2021
Per Ràdio Klara
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La Veranda de Rafa Rius

Consideramos que un proceso de cualquier tipo es estocástico cuando en su devenir no excluimos la posibilidad de intervención del azar –o del azahar, según se mire.

Decimos que es determinista, en cambio, cuando conjeturamos que cualquier fenómeno está preestablecido necesariamente en función de las condiciones del contexto y por tanto no cuenta con el azar

Sin ser maximalistas en uno u otro sentido, habremos de convenir que la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida y que el azar, la eventualidad, la contingencia, la índole de los distintos hados propicios o nefastos, la casualidad tanto como la causalidad, están presentes en nuestras vidas de manera perenne y perseverante.

Dejando a un lado los avatares individuales de nuestras ajetreadas existencias, tanto en nuestra dimensión social en general como en nuestra dimensión política concreta, es innegable que a menudo nos encontramos con acontecimientos de difícil previsión. Incluso aquellos que se nos presentan como incontrovertibles pueden acabar resultando sorprendentes.

Si el futuro es con toda obviedad aquello que todavía no es y por tanto en buena medida azaroso e indescifrable, los axiomas más indiscutibles pueden resultar inexactos o incluso ilusorios. Lo imprevisible insospechado puede estar esperándonos a la vuelta de la esquina.

¿Quién iba a pensar en la Francia de 1871, hace ahora 100 años, que tras la Guerra Franco-prusiana, el pueblo de Paris se iba a levantar en armas y proclamar la Comuna? ¿Cuántas guerras habían acabado sin otras consecuencias que las masacres habituales? ¿Cuál fue el factor determinante que hizo que aquella vez las consecuencias fueran diferentes? Podemos especular al respecto hasta la saciedad pero dada la imposibilidad de verificación objetiva de cualquiera de los supuestos, habrá que concluir que en algún momento estocástico estuvo presente la intervención de Tiqué, la diosa del azar y, por esta vez, los acontecimientos se desarrollaron de manera diferente. Por poner otro ejemplo: ¿Qué Harpías nos iban a profetizar a comienzos del actual milenio que pocos años después, una pandemia devastadora iba a diezmar el planeta?

Más allá de la eterna cadena de causas y consecuencias, casi siempre podemos detectaren en el devenir de lo que acontece, la presencia sigilosa de un factor de imprevisibilidad que augura que los hechos puedan ser diferentes de lo que sería de esperar.

La novela del mundo todavía no ha acabado. Por mucho que predicara el final de la Historia, Fukuyama nunca pudo prever Fukushima. Nunca acabará de estar todo el pescao vendido, ni todos los naipes sobre la mesa; siempre quedará una penúltima baza por jugar y los acontecimientos más aparentemente previsibles, pueden tomar, en función de la evolución de los distintos contextos, rumbos que jamás hubiéramos creído posibles.

Si esto es así, quizás no sería aconsejable arrojar la toalla antes de tiempo. Es incuestionable que las fuerzas irracionales de la codicia desmedida y asesina de los amos del planeta, elevada a extremos difícilmente comprensibles para aquello que llamamos el sentido común y propiciadora de terribles tragedias para muchos millones de personas, parece en estos momentos, difícilmente reversible, pero nunca se sabe. En cualquier instante, la situación puede dar un giro inesperado y las personas, a pesar del férreo control represivo, podemos empujar la gota que desborda el vaso de nuestra indignación y con nuestra acción directa sobre la realidad, dar la vuelta a la tortilla.

¡Cosas veredes! Never say never more.




Autor font: Radioklara.org