Abril 3, 2022
Per Ràdio Klara
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El Vaivén de Rafael Cid

<<Le he mirado a los ojos y he visto el alma de un hombre directo y sincero>>

(George W. Bush sobre Putin)

Rafael Cid

En análisis anteriores sobre la invasión de Ucrania hemos señalado las coincidencias entre la campaña de las tropas alemanas del Tercer Reich y la actual ofensiva bélica desencadenada por el Kremlin. En ese sentido incidimos en la teoría de los <<grandes espacios>>  (Lebensraum), propuesta del politólogo nazi Carl Schmitt (hoy puesto en valor por pensadores postcomunistas como Alain Badiou; Slavoj Zizek; Ernesto Laclau o Chantal Mouffe, y postfascistas tipo Alain de Benoist). Fórmula empleada por Hitler para justificar la anexión por las bravas de Los Sudetes y Austria por contener <<comunidades germanoparlantes oprimidas>>,  y por Vladimir Putin para recuperar Crimea y fagocitar a Lugans y Donetsk en la región del Donbás (según la ONU entre 2014 y 2021 han muerto 3.095 civiles de ambos lados víctimas de este conflicto). Asimismo establecimos un cierto aire de familia entre la amenaza de emplear el arma nuclear en el conflicto ucraniano como solución final por parte de Putin y la práctica de exterminio antisemita criminalmente utilizada por Hitler.  Ambas nociones, mutatis mutandis, forman parte del pathos de la bárbara agresión rusa contra la que fuera segunda república de la extinta URSS. Y las dos variables político-ideológicas abrazan proyectos geoestratégicos en tiempos de pleamar populista a diestra y siniestra.

Pero han tenido que pasar dos semanas desde que se consumara la negada invasión (una << reacción histérica>> de occidente según Moscú y los partidos de izquierda nostálgicos del <<socialismo real>> panóptico, que veían el único riesgo en la agresividad pasiva de la OTAN) para que ese tándem se complete con otro elemento axial. Se trata de un factor que otorga una dimensión inédita al paralelismo antes sugerido, pero que sirve para apreciar en su justa medida la extraña afinidad existente entre  la extrema derecha y la extrema izquierda respecto a las posiciones de Putin y su embestida balístico-militar. Hablamos de una dimensión <<espiritual>> (trascendente, y por tanto difícilmente sujeta a esquemas de racionalidad lógica) que hace de lo que en un principio era la <<Guerra de Putin>> la <<Cruzada de Putin>>. O sea, un salto cualitativo hacía un statu quo contiguo al pensamiento mágico. El que va de la ambición de un autócrata visionario al mesianismo de un fundamentalista que se cree llamado a restablecer la pureza de unas señas de identidad (política, cultural y religiosa) sin las cuales el ser de la nación que representa naufragaría en la impotencia.

Precisamente la fe declarada con que el mandatario ruso aborda esa contienda (que Donald Trump ha considerado <<la fuerza de paz más poderosa que he visto nunca>>), es el líquido amniótico que envuelve y enmaraña a populistas de una y otra heráldica. La Cruzada del Caudillo  Franco era para salvar a la católica España de la conjura judeomasónica que atentaba contra las bases de la civilización occidental. La Cruzada del Zar Putin pretende lo mismo pero al revés: impedir que la ortodoxa Rusia sucumba a manos de la decadente civilización occidental. Estamos ante sendas  <<guerras santas>> de la cristiandad por la gracia de Dios. Y si en nuestro 36, el golpe de Estado cuartelero contra la Segunda República (la primera democracia liberal autóctona) contó con la aprobación del episcopado en la figura del cardenal primado Isidro Gomá y Tomás, el palio purpurina a Putin se lo ha proporcionado Cirilo (Kirill), cabeza de la iglesia ortodoxa rusa. Porque la Rusia de Putin es un sincretismo entre dos idiosincrasias aún de cuerpo presente: la del imperio zarista y la de la Unión Soviética que le sucedió sin reemplazarle del todo. De la primera, Putin toma los colores de la bandera nacional y el acervo religioso, y de la segunda la impronta militar y autoritaria (la enseña roja de la hoz y el martillo es utilizada por las fuerzas armadas).

Esta simbiosis ha suministrado una extraordinaria profundidad de campo a la refundación geoestratégica de la agenda putinista, ungido por cuarta vez como presidente de la Federación Rusa en 2018 con un aplastante 76,67% de los votos y las bendiciones de patriarca KirilI. Como recuerda Carlos Taibo en un libro de obligada consulta, ya <<en marzo de 2004 el patriarca Alexis II pidió el “voto para el candidato más justo”, al tiempo que el metropolita Kirill participaba en la campaña electoral de Putin. Como contrapartida, el presidente –añade- se ha referido a menudo al lugar que la ortodoxia representa en el proceso de construcción nacional: “Sin la fe ortodoxa, sin la cultura en ella fundada, Rusia no podría existir”>>. (Rusia en la era de Putin. Pág.74). Este autor constataba que por esas fechas las encuestas decían que para un 59 por ciento de la población la Iglesia ortodoxa debía representar un papel en la determinación de las políticas relativas a los asuntos de Estado.

Con esos atributos, mitad monje mitad soldado, parece obvio que <<la operación militar especial>> con que la apisonadora moscovita  devasta Ucrania por tierra, mar y aire, también estuvo planificada como una misión evangélica. <<Para liberar a la población del genocidio>>, en la deposición de Putin ante la muchachada que abarrotaba el estadio de Loujniki para conmemora el 8º aniversario de la incorporación de Crimea a su medallero (corta y pega escatológico compartido por el escritor Juan Manuel de Prada en su columna de ABC el 28 de febrero). Metido en su papel de telepredicador de armas tomar, el mandamás del Kremlin justificó la sarracina en curso echando mano de la Biblia para mayor abundamiento. Encomendándose a las Sagradas Escrituras sostuvo: <<No hay mayor amor que dar el alma por los amigos>>. Quizás recordando lo que de él afirmó su colega neocons Bush durante la visita a Estados Unidos en junio de 2001 arriba citada. Confidencia  evangélica que dado el ideario refractario que gasta el presidente podría recordar al nefasto <<la mate porque era mía>>. Y es que la víspera de ese baño de masas que ambicionaba la inmunidad de rebaño, señalando a una misteriosa quinta columna de oligarcas que había mutado su habitual adhesión inquebrantable, largó por esa boca contra  <<los traidores nacionales>>: <<Por aquellos que ganan dinero aquí, con nosotros, pero viven allí. Y viven (fuera) no en el sentido geográfico, sino según su pensamiento, según su conciencia de esclavos. Yo no juzgo a aquellos que tienen una villa en Miami o en la Riviera francesa. Los que no pueden vivir sin el foie gras, las ostras o las llamadas libertades de género>>.

La homófoba obsesión de Putin con las <<llamadas libertades de género>>, contra lo que a simple vista pudiera parecer, no es una emulsión del prurito machista a que tan aficionado es mostrando sus habilidades a pecho descubierto en el kárate, la caza mayor, hockey sobre hielo y otros deportes viriles (a Franco le iban más los posados pescando salmones imposibles). Se trata ni más ni menos que del devocionario de la Gran Rusia que piensa levantar mediante un arsenal basado en los cerrojazos mentales y la diplomacia de los misiles (que pueden lanzarse impunemente desde 3.000 kilómetros). No es un estadista, ni un político, ni siquiera un guerrero; es el enviado teocrático del Altísimo para ejecutar el destino manifiesto de la Rusia eterna, y mostrar a Eurasia una alternativa a la chusma impía y materialista de occidente. Tal como pronosticó el patriarca Kirill el pasado 6 de marzo en la catedral de Cristo Salvador de Moscú. Durante su  sermón, el <<pontífice>> ortodoxo justificó la invasión militar respaldando el relato de Putin sobre el rol de su ejército de salvación. <<Desde hace años se ha intentado destruir lo que existe en el Donbás. Y en el Donbás hay un rechazo, un rechazo fundamental a los llamados valores que proponen hoy los que dicen ser líderes mundiales. Hoy, hay una prueba de lealtad a ese poder […] La prueba es muy sencilla y al mismo tiempo aterradora: se trata de un desfile del orgullo gay. La exigencia de muchos países de organizar un desfile de orgullo gay es una prueba de lealtad a ese mundo tan poderosos; y sabemos que si las personas o los países rechazan esas exigencias, no forman parte de ese mundo, se convierten en forasteros>>.

Añadiendo con pasión jeremiaca:<<Sabemos cómo la agente se resiste a esas demandas y cómo esa resistencia es reprimida por la fuerza. Así que se trata de imponer por la fuerza el pecado que es condenado por la ley de Dios, es decir, imponer por la fuerza la negación de Dios y de su verdad […] Por lo tanto, lo que ocurre hoy en el campo de las relaciones internacionales no es solo político. Se trata de algo más, algo mucho más importante que la política. Se trata de la Salvación del hombre, del lugar que ocupará a la derecha o a la izquierda del Dios Salvador, que viene al mundo como juez y Creador de la creación>>.  Ya en su día Eric Voegelin nos previno sobre el enorme potencial oculto de la teología política en momentos de catarsis, y el Mein Kampf del discurso de Putin supone una soflama patriotera y mefistofélica encaminada a “la necesaria y natural autopurificación de la sociedad”.

La <<pandemia>> gay y las <<antinaturales>> políticas de género como nuevo opio del pueblo. Un cestón doctrinario que Putin ha incorporado como divisa de su <<operación militar especial>>, a rebufo de la normativa aprobada en 2013 penalizando las informaciones sobre <<relaciones sexuales no tradicionales>> (hoy la ley mordaza tipifica como traición denominar <<guerra>> a la  bárbara invasión rusa). Moralina que haría entender el porqué de su apoyo concurrente y bipolar, comulgando caritativamente en que mejor es no armar a la resistencia ucraniana porque eso haría la crisis todavía más dolorosa; mejor rendirse al poderoso. Un remedo infantil y desquiciado del ateísmo tácito y el derecho de autodeterminación de los pueblos (artículo 72), principios que antaño consagraba la constitución de la antigua URSS, ahora demonizados en la Rusia bifronte de Kirill-Putin.

Quizás por eso, comunistas postmodernos como la vicepresidenta del Gobierno de PSOE-UP, Yolanda Díaz, y la tropa integrista de Hazte Oír, mutatis mutandis, ven un referente moral en el <<Santo Padre>>, el Papa Francisco, tan radical contra la interrupción del embarazo (<<El aborto es un homicidio y quien lo practica mata>>) y tan diletante frente a la invasión de Putin. Parecida pinza de facto se da en Francia entre Le Pen y Mélenchon. Mientras, a otro nivel, el militarista Estado confesional de Israel se niega a secundar las sanciones al Kremlin por la agresión a Ucrania.  La <<operación militar especial>> de Putin contra Ucrania comenzó el 24 de febrero de 2022, el mismo día y mes de 1920 en que se fundó el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (despliegue literal del acrónimo <<nazi>>).

(Nota. Este artículo se ha publicado en el número de Abril de Rojo y Negro).




Autor font: Radioklara.org