Maig 30, 2021
Per Ràdio Klara
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El Vaivén de Rafael Cid

Rafael Cid

La fiebre reformadora que se va a impulsar desde el Gobierno de coalición de izquierdas, gracias a los 140.000 millones de euros de los fondos europeos, prevé modernizar la economía hacia un formato de capitalismo verde y digital de última generación. Pero encubre que las medidas anunciadas, por el tipo y la cuantía de los sectores beneficiados y la trascendencia social de sus efectos sobre la población, representa una profunda modificación del contrato social sin apenas participación de los afectados. Una vez más, ahora con la excusa de la pandemia, serán los ciudadanos quienes con sus impuestos y la deuda pública contraída sufraguen buena parte de las inversiones que precisan las grandes empresas del Ibex 35. La reciente aprobación por amplia mayoría de la Ley del Cambio Climático (LCC) es un ejemplo de cómo los titulares del Estado y sus allegados del capital monopolista hacen de su necesidad virtud. Y explica por qué se ha tardado una década en hacerla realidad legislativa, seis después de la Conferencia del Clima de París en 2015.

Es como cambiar de caballo sin desmontar cruzando un torrente. Asistimos como protagonistas  a una actualización algorítmica del capitalismo neoliberal, que es un sistema de explotación y de dominación, social, personal y mental. Nada hay en la historia más revolucionario por transformador que el único sistema de producción realmente existente. Lo expresaba prematuramente el Manifiesto Comunista: <<Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores>>. Lo resumía en la modernidad Joseph A. Schumpeter, marxista a la manera de la escuela austriaca, con su acepción del capitalismo como si se tratara de un fenómeno meteorológico (y por tanto natural y sin responsabilidad de autor): << un perenne vendaval de destrucción creativa>>. Y ya metidos en la era de la computación, internet y la inteligencia artificial, Manuel Castell terciaba para añadir que en el marco de las empresas en redes  <<el «espíritu del informacionalismo» es la cultura de la «destrucción creativa» acelerada a la velocidad de los circuitos optoelectrónicos que procesan sus señales>>. Más allá del bien y del mal.

Y así, entre ciclos y crisis, el capitalismo depredador triscó hasta que el Informe del Club de Roma sobre Los límites del crecimiento, publicado en 1972, y los espasmos del suministro de petróleo de 1973 y 1979, pusieron el foco de la economía fuera del círculo vicioso de la oferta y la demanda. Se recuperaba la canónica definición hecha en 1932 por el economista inglés Lionel Robbins destacando el principio de la escasez: “La ciencia económica es el estudio de la conducta humana como una relación entre fines y medios que son escasos y susceptibles de usos alternativos”. Pero no fue hasta el crac financiero global de 2008, catalogado como la Gran Recesión (la Gran Depresión de 1929 tuvo también su epicentro en Estados Unidos pero sus efectos sobre otros países no fueron ni inmediatos ni del mismo rango) cuando las alertas empezaron a hacer mella en las potencias hegemónicas. Habíamos entrado en el Antropoceno, una época geológica propuesta por una parte de la comunidad científica para  significar el impacto global que las actividades humanas tienen sobre los ecosistemas terrestres.  Contemporáneamente, el denominado Reloj del Apocalipsis (Doomsday Clock), otra iniciativa paralela de carácter simbólico para señalar el riesgo de destrucción total de la vida en nuestro planeta, situaba la cuenta atrás a tres minutos del fatal desenlace.

Sin embargo, no hubo revulsivo ni catarsis, no estaba el horno para bollos (http://rojoynegro.info/articulo/agitacion/crisis-ecocapitalismo-democracia). Por el contrario, se produjo un cierre de filas entre los núcleos de poder para impedir que las revueltas sociales desatadas pusieran en peligro las instituciones de dominación y de control. Se aplicaron políticas de austeridad extremas consistentes en masivas transferencias de renta desde las clases perjudicadas por la crisis hacia los sectores privilegiados que habían sido los que con su codicia desencadenaron el conflicto. La doctrina oficial era que los grandes no podían caer porque aplastarían  a los de abajo, en una actualización perversa del darwinismo social. Y con la tesis de que era peor el remedio que la enfermedad, todos los Estados concernidos, sin importar su ideología, cargaron los costes de la crisis sobre los damnificados. Socializando pérdidas y privatizando ganancias, aumentó la desigualdad hasta niveles nunca vistos en un entorno de supuesta prosperidad; el paro de dos dígitos se hizo estructural en muchos países, afectando especialmente a jóvenes y mujeres; y se salvaron a las corporaciones y a las entidades financieras con prioridad sobre otras contingencias colectivas. Con el resultado constatado de una mayor concentración de la riqueza en manos de una minoría, mientras se degradaba sin ningún pudor el magro Estado de Bienestar sobreviviente.

Al mismo tiempo los movimientos de protesta surgidos en amplios sectores de la población, desde las llamadas <<primaveras árabes>>  al <<15M>>, fueron refrenados por las clases dirigentes con todo su arsenal disponible para blindar el statu quo. En países estratégicos para el sistema, como Egipto, se recurrió a la brutal represión de la gente, con un saldo de cientos de víctimas por la acción de la policía y  el ejército ante el silencio cómplice de la comunidad internacional. En otros, como en Libia, la teoría de la desestabilización se utilizó como excusa para <<injerencias humanitarias>> de tipo militar por parte de EEUU y la OTAN, con el punto de mira puesto en expropiar sus abundantes recursos petrolíferos. Por su parte, en la Europa de la democracia liberal, el mecanismo de disuasión  utilizado consistió en estimular la integración en el sistema de los grupos disidentes más proclives a la participación política reglada (Podemos incurre en ese supuesto). La embestida reaccionaria se impuso al tsunami de los indignados, hasta el punto de que en España se modificó a  favor de los acreedores la constitución vigente por la vía de hechos consumados, sin consultar mediante referéndum a los ciudadanos. Por parecidas razones, pero a la inversa, no prospero el proyecto de ley del clima que ya en 2011 la Comisión Mixta Congreso-Senado recomendó elaborar al Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero.

A la hora de buscar una explicación a esa defensa mediante el ataque directo,  debemos señalar el hecho innegable de la percepción de debilidad que embargaba a aquel capitalismo de casino y allegados, conocedor de que la mayoría social le atribuía la responsabilidad moral de la crisis. Asumir desde esa postración las transformaciones en profundidad que el tiempo demandaba implicaba un peligroso reconocimiento de derrota, amén del hándicap de reputación anexo. Semejante a las reparaciones de guerra que se ve obligado a aceptar el bando que resulta vencido tras haber desencadenado las hostilidades. Los diez años que median entre ambas crisis financiera y económica de 2008 (la Gran Recesión) y la sanitaria y social de 2021 (la pandemia del Covid-19), entraña un abismo respecto a su real incidencia en la sociedad civil. Por supuesto, menguante y empobrecedora, ya que lo que ayer era un bastión de resistencia ante el poder de los lobbies, hoy se ha traducido en un factor subsidiario de complicidad y aquiescencia. Con esa coronación ha irrumpido el nuevo orden económico cibercapitalista que marcará nuestro modo de vivir, pensar, comunicarnos, consumir, disfrutar y trabajar durante muchas generaciones. Un modelo que sepultará las huellas más odiosas del capitalismo tradicional, extractivo y depredador, para afirmarse en verde y digital sin modificar la verticalidad de la dominación sobre la que se cimentó la acumulación y la opresión fundacional. Todo ello con el consentimiento en barbecho de todos aquellos sobre los que se ejercerá la exclusión y al precio de precipitar aún más el déficit democrático existente.

El nuevo rostro binario del flamante neoliberalismo verde y digital es más que nunca el de un capitalismo de Estado, y por tanto cada vez menos el del capitalismo de espíritu liberal. Avanza sobre el troquel de la China de los dos sistemas que en la lucha contra el Covid-19 se ha puesto como ejemplo de eficacia y resolución. Es bifronte, con una cara de <<gran hermano>> y <<ogro filantrópico>> y otra que muestra las señas de identidad del algoritmo y el big data a escala. No es la llamada <<doctrina del shock>> lo que predomina, sino el coste de oportunidad y el lucro cesante. Por eso, el abordaje reformista que no se acometió en 2008 se plantea en este 2021 gratis total. Los fondos europeos, esos 140.000 de euros traídos del futuro, mitad en créditos blandos y mitad en trasferencias a fondo perdido, pero todos con su estricto condicionante bajo el brazo, lo hacen posible. La ley del Cambio Climático aprobada recientemente con la única oposición de Vox, la extrema derecha que hizo posible con su estratégica abstención que el <<maná de Bruselas>> vaya a ser administrado en exclusiva por el Gobierno de izquierdas, es la prueba de algodón. Bien venida sea esa rectificación medioambiental que pone negro sobre blanco a una de las obligaciones que dicta la UE para la recepción de las ayudas, pero lo plantea la misma Administración que hace pocos años decidió alargar la vida útil de las centrales nucleares. Todo lo cual, cuando la ministra de Transición Energética, Teresa Ribera, mentó aquello de <<el diésel tiene los días contados>>. De esta suerte, las grandes compañías eléctricas, Endesa, Iberdrola y Naturgy, monopolizadores del mercado de la energía atómica, con una mano usarán el dinero de los fondos para realizar las inversiones pendientes a precio de saldo, mientras con la otra engordarán sus balances con la generosa moratoria. Incluso la LCC, que prevé cero emisiones de gases de efecto invernadero para el 2050, ha incorporado una disposición candado por la que los Ayuntamientos perderán sus competencias sobre la ubicación de los almacenes de residuos radioactivos. La versión progre de <<había un problema y lo hemos solucionado>>.

En lo que existe plena coincidencia entre la Gran Recesión y este gatopardismo pandémico  es en el decisionismo del Estado patrón. Lo que entonces se catalogó de austericidio consistió en una intervención del Estado sin anestesia para socializar las pérdidas y privatizar las ganancias, y lo que nos deja el turbocapitalismo ecologista y digital es más de lo mismo pero desde el revés de la trama. Usando el opiáceo de los fondos europeos y el síndrome de Estocolmo generado por el miedo al contagio del coronavirus. El mérito es meramente retórico y semántico. A lo de hace una década se denominó rescate, con aires de SOS de patera y  <<hombres de negro>> al acecho. A lo de hoy, ayuda altruista y solidaria al modo del ejército de salvación, donde lo que hay en realidad es un <<doy para que me des>> (do ut des) en pago diferido. Deuda creciente que apoquinaran las generaciones venideras, que son aquí y ahora víctimas propiciatorias de la precariedad y la humillación social. Solo un botón de muestra tomado de la prensa; <<Las empresas del Ibex tenían perfilados hace dos meses proyectos por un valor conjunto superior a 100.000 millones. Solo las energéticas diseñaron 400 proyectos e Industria recibía proyecciones de hasta 60.000 millones. La automoción planea invertir hasta 54.000 millones hasta 2040. La aeronáutica, 11.000 millones hasta 2026. Las constructoras, hasta 157.458 millones para 2030>> (El País, 14 de abril). Y añado por mi cuenta: corporaciones con enormes beneficios que, además de haberse beneficiado de los ERTE en determinados casos, ahora se disponen a destruir empleo a troche y moche (solo el banco de Santander, CaixaBank y BBVA han previsto 15.000 despidos en este año).La vertical del poder: ¿quién salva a quién?

La rúbrica del papel mercenario de los Estados en esta segunda entrega de la operación monopoly la encontramos en la financiación de la pandemia. Lejos de promover un consorcio para producir las vacunas con dinero público y patentes abiertas, los gobiernos han consentido en hacer de cobradores del frac de las grandes multinacionales farmacéuticas, que tutelaran la propiedad de los antivirus  que salgan de sus laboratorios. La humanidad entera como paciente-cliente gracias a su providencial intermediación. El contrato del siglo: en lo que llevamos de año las grandes del sector han triplicado su valor en bolsa. Otros afortunados son los sindicatos del régimen (CCOO y UGT), que hacen caja por sus servicios como gestores en decenas de miles de ERTEs y EREs. La vertical del poder y sus franquicias: ¿quién salva a quién?

(Nota. Este artículo se ha publicado en el número de mayo de Rojo y Negro)




Autor font: Radioklara.org